06 octubre, 2011

Rapi Diego: vivos nuestros muertos


Hay una poesía escrita a grandes rasgos de luz y sombra, en jeroglíficos de nubes y árboles, que sólo pueden leer los Inocentes.
Eliseo Diego

Eliseo Alberto veneraba la labor de su hermano Constante Alejandro Diego García Marruz, le decía el Gallego, o Rapi. Cuando Rapi muere, también en México, también en domingo, Eliseo define, en humilde cubanía: Era un hombre del carajo.

Rapi era un contador de historias y reconocía como pocos ese nexo perfecto que amalgama la historia escrita, la Oralidad y la imaginación creadora. Los libros ilustrados para las primeras edades, van formando al lector activo. Rapi siempre mencionaba Alicia en el País de las Maravillas, dentro de sus imágenes iniciáticas. Esa primera ojeada se apoya en la experiencia, los referentes, el bestiario interno que conforma una historia personal.

Rapi no estudió pintura. Aprendió a ver rodeado del Jardín Botánico y el acervo literario, en la biblioteca de sus padres, le dio las herramientas.

En la revista Leer y Leer aparece una entrevista iluminadora, incluso la utilizo como manifiesto en cada Taller de Promotores de Lectura:

(…) el niño tiene esa enorme capacidad de imaginación, muy vasta y virgen. Por ejemplo, cuando leemos en La Bella Durmiente que todos se duermen en el castillo, la princesa, el rey, los criados y… “hasta la mosca se quedó dormida en la pared” (…) ese detalle de la mosca va de lo gigantesco a lo pequeño.*

Los padres y maestros debemos estimular ese aprecio por lo aparentemente insignificante. La escuela, ni el hogar deberían ser “ese lugar donde hasta las mesas se aburren”

Rapi, en su obra, nos invita a un universo sugestivo, una puerta festiva que nos llevará al otro lado del nosotros mismos. La esencia lúdica de la inocencia se concretó en las ilustraciones de Rapi Diego. Cuando los cubanos nos ocupemos de ese viaje interno, creativo, de retorno a la niñez, cuando morir en otra geografía nos obligue a dar vuelta a la página imposible, sólo entonces fijaremos la atención en hombres del carajo, detenidos ante la mosca dormida o absortos ante la ternura del elefante.

Sería bueno repasar la obra vida, de nuestros muertos. Una cultura se ahoga cuando sólo murmuramos ignorantes: “se acaba de morir un hombre ahí detrás”.

*Leer y Leer. Junio, julio y agosto de 1999, año 3. México



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