26 octubre, 2011

Morirse en cubano

-Mirá, hermano, no te compliqués la muerte.
                              Ricardo Güiraldes
En el mes de abril, correspondía la exhumación de los restos. La tía Vitalia había cumplido el pacto con la tierra. Un nieto y su hija mayor fueron a verla. Suponiendo la mueca del azoro, ¿cómo le dices a tu muerto?... ¡Con estos ojos que te ven!
Siempre me impresionó aquel cementerio de pueblo, si teníamos otros rumbos cambiábamos la ruta para no pasar por allí. Nunca volví para hablarle a mi abuela, ni a mi tía. Para mí desde que bajaron aquella caja de madera, ellas se fueron a un lugar mejor.
La tía Vitalia tenía un pedazo del Polo Norte en su cabeza, el cabello blanco la anticipaba al final de la calle. Y sus ojos tan azules no negaban el origen español. Era hermosa, lo dije de niña y lo sostuve cuando envejeció con la dignidad de una viuda eterna. Supo vivir con su nieto gay, y sólo la vi llorar cuando murió el patriarca, guajiro fuerte como jiquí por dentro y por fuera. El mismo que las ponía a lavar y planchar sus guayaberas, sobre una lata: "Pa´que alcances bien".
La tía sabía alimentar la familia con presencias y en domingo visitaba a mi abuela o a mi madre, mientras en la cocina las escuchaba, hirviendo, un buen café. De ella aprendí a sonreir por dentro y a mirar a la gente, a la altura de los ojos. Supe también que las ancianas de mirada verde o azul no envejecen igual porque el pedazo de hierba o de mar le hace sortilegios de juventud.
Pero en aquel cementerio, los ojos cerrados para siempre iban a recibir el golpe de la luz. Por última vez. Quizás. Sus restos serían depositados en un contenedor metálico, dentro de una especie de lata. La oscuridad eterna, quizás definitiva. Y fueron callados. Tía... Les avisaron que por razones de sobrepoblación de muertos, falta de espacios, quizás el féretro de ella estaría hasta el fondo.
Recuerdo aquel mediodía, en que mi hermana mexicana tiró unos repugnantes kilos prietos sobre la mesa del comedor. MI madre saltó los escalones de la cocina. ¿DE dónde tú sacaste eso? NIña, por favor. Adriana, sonreía ingenua: Belkys me dijo, cruzas el cementerio y bajas por la carretera hacia Santa María del Rosario, pregunta pero no te vas a perder. Y hermana mexicana se sintió cubana, se montó en mi bicicleta china y subió hasta el Final, vio el cementerio y se metió, debía pasar y seguir de largo literalmente, aunque cruzarlo fue lo que dije y lo literal en Cuba no es siempre lo correcto. Antes de topar con el final ahora sí, vio una flores y unas monedas. ¡MOnedas!, dijo y las echó en su bolsillo. Ella no sabía de la brujería que posee cualquier cementerio cubano. Desconocía que esos kilos antes de llegar ahí, debieron ser lavados con sangre o aguardiente o humo de tabaco. Y mi madre, señalaba las monedas, espantada. Mi abuela proponía someter a Adriana a una limpieza, un baño con flores algo así y Adriana reía todavía cuando las fuimos a lanzar a una especie de hilo de agua dulce que hacía las veces de río natural.
¿Cuándo muere la risa? ¿Se suicida o la aniquilamos?
Por la humedad y el calor, los féretros superiores estaban rotos por debajo y los huesos de quién sabe quiénes se abrazaron. Cuando empezaron a sacar los restos de Tía Vitalia...¡Esa no es mi mamá!¡Esa no es mi abuela! ¿Qué? Y es que no estaba vestida así, esa no es su ropita, esa no es...mami. Esa no es...abuela. Tía ¿dónde estás? Y yo me invento una historia cuando me cuentan y creo que tía se fue con sus huesos a otra parte. Se cubrió de tierra y en un golpe de viento se fue al mar. Mi primo pasa días en Comunales. ¡ES que no se puede haber escapado! Aquí, en este papel dice donde está. ¡Qué me devuelvan a mi abuela! Usted la conocía, digame es que ¿no merecía un poco de dignidad?
Y le cuentan los verdaderos cuenteros comunitarios que hay mucho muerto y poco espacio. En resumen el cementerio se quedó chiquito y los muerticos se van moviendo en dependencia de la caducidad. El jefe de la brigada que la enterró ya no trabaja aquí, hay que localizarlo. ¡Pero localícenlo ya! Y yo me ofrezco para mover cabitos y mi madre me dice que cómo voy a ir a Cuba a encontrar muertos y yo le digo que si los muertos de la familia se esfuman entonces es como morirse un poco, perder el tirón de la sangre. Dejarse caer.
A los quince días, encontraron a tía. "Por la ropita la reconocí", murmuraba mi primo, con los ojos en el piso. Estaba en otra cripta, no en la familiar. Esto fue en abril, no pude escribirlo. No podía aún. No es tiempo de morir en Cuba y en la noche he pensado en los idos de mi familia. En el día en que mi abuelo empezó a pagar poco a poco un espacio en el cementerio. Cuando eres niña, crees que nunca nunca vendrá una falance helada a señalar una cruz en calcañal. Pienso en mis vecinos, en la salud de mis abuelos, en aquella calle de 101 y Final  y pienso: ¿Cómo es posible? Comala no está en México. Comala conjura allá.

12 ¿Qué me cuentas?:

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