25 octubre, 2011

Las Capellas

Durante los doce años que trabajé en Monterrey, al Norte de este país, conocí muchos cubanos de distintos orígenes. Vernos, en otro entorno puede llevar a encuentros que en el ámbito del caimán, no se daría.
En el 1994 conocí a Martha y Daisy Baró, Las Capellas. Al pie de un monumento a José Martí, ellas cantaron a viva voz en una avenida muy transitada y yo conté algo escrito por él. Al final, Martha se acercó a saludarme y yo sentí el gesto muy cubano porque, según el protocolo por su carrera y la edad, yo debí tener la iniciativa. Aprecié la modestia de ambas y sus chispas.
Con los meses y los años, supe más de ellas. Vivían en una especie de cuartería, franqueadas por dos excelentes bailarines cubanos y unos ocho o diez trasvestis. Trabajaban en distintos sitios del centro de la ciudad, le cantaban a la luna de medianoche y al día siguiente la ciudad se cubría de una inexplicable mixtura.
Participé con ellas en muchas fiestas organizadas por cubanos. Nos presentamos, alguna vez en un teatro de allá y las vi bajo la luz cenital y los seguidores, grandes, cubanísimas.
Martha era el carácter, la fuerza y la socialité. Padece de la columna y otros achaques, pero cuando Martha sube al escenario baila como una chiquilla y contagia. Deysi poseía una cintura delgada, casi rayando en lo sobrenatural. Tocaba el teclado como una diosa y también las percusiones. Daisy siempre estaba de buenas, dispuesta a sonreir.
SE codearon en Cuba con lo mejor del bolero cubano. Cuando Celia Cruz arribó a MOnterrey para grabar aquella novela de El alma no tiene color, Las Capellas fueron muy bien recibidas en su camerino. Todos las conocían y las veneraban porque no sólo importa el talento, ese es nada si no lo secunda un buen corazón.
Después de un viaje a la tierra, regresé tristísima y una amiga me dijo: ¡Yo sé quienes te pueden alegrar!.
Las Capellas, ya estaban trabajando en el Barrio Antiguo y disfrutaban de un buen departamento muy cerca de allí. Labraban en los regiomontanos y obtenían respeto y beneficios. Esa noche hablé y lloré con Martha en el baño del lugar. Ella estaba atravesando una crisis de su espalda y le vi el entrecejo fruncido, el gesto de dolor. Me aconsejó como una madre y yo le pasé los mensajes de su madre anciana. Una anciana como las negras en Cuba que no saben, ni se dejan envejecer. En cuya cocina me tiraron los caracoles y me leyeron un futuro, que fue tal hoy es. Margarita, guardaba un piano en la sala, sus hijas se hicieron grandes allí,  en aquella casita de la Víbora y los nietos seguían el paso con la fructífera estirpe y melódica familiar.
Encontré este video en youtube y quiero compartirlo, desgraciadamente no llega al final. 
Las Capellas me enseñaron que no importa la edad, ni el sacrificio, no importa la distancia si tienes mucho por hacer. También me entregaron pruebas de entereza, de humildad. Pasarán muchos años para que en Cuba todos los nombres figuren en la historia cultural nacional. Allá no hay paseo donde poner estrellas, la gente brilla en obsceno convivio con los demás. Ni se moldean las manos, porque las huellas dactilares se eternizan en el vecinal apretón. Además, hay quienes necesitan tapar luminosidades, en un intento de brillo propio, desde las sombras.
Pero... ojalá el día que recobremos la memoria,    Martha y Daisy Baró tengan su pedestal.

6 ¿Qué me cuentas?:

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