14 noviembre, 2011

La jabá


Ella vivía en Centro Habana, en un cuarto con barbacoa. La conocí en casa de E. un sábado de bingo. No había nada que hacer, los varones compraban cerveza de pipa y se emborrachaban hasta la media noche. Las mujeres conversábamos, a veces hasta el amanecer porque en el período especial, la Habana volvió a tener muralla. En madrugada no se podía entrar, ni salir, cero transporte.
Recuerdo el arribo de ella con sus besos sonoros. Hasta para los besos era vulgar. Abría la boca en el cachete de cada varón y en chasquido obsceno se alzaba sobre la algarabía general. La admiraban.
La jabá tenía buen cuerpo y fea cara. Siempre vestía con poca ropa y estampados de carnaval. No hablaba mucho, pero calculaba  su lenguaje no verbal. Y sin dudas, los machos se estremecían ante su rara matemática.
¿Cuál era su estandarte? ¿Por qué tanta admiración?
La jabá era la mujer de A, carnicero de la Habana Vieja. A era mulato claro y sus brazos bien torneados nublaban la vista. Hasta conocerlos, tuve la visión del cubano como un hombre luchador. Capaz de defender a madre, novia, o esposa. Incapaz del perdón. Fiero si le pegaban el cuerno, pero…
La punta del iceberg comenzaba a derretirse al calor de la isla enferma y como A, el carnicero encantador, varios tipos fingían demencia si su mujer se entregaba al mejor postor. La jabá se había ganado la amistad de aquel grupo heterogéneo porque cuando venía Venancio como le decían al amante español, entonces presentaba al carnicero como su primo hermano y este dormía su estatua perfecta, solito al pie de la barbacoa. Para ahogar su soledad convocaba al círculo de cómplices, que veneraban su acto solidario, a trago de cerveza y trozos de jamón.
Era un bárbaro el carnicero y cornudo el español, según ellos. ¡Ajá! Pero en Cuba los cálculos no funcionan y en una ecuación delirada, el carnicero conoció a una sueca que entró en la carnicería, preguntando una dirección. Hoy vive en Canadá, se ha casado dos veces y trabaja en la construcción. La jabá, debió indigestarse con la fabada porque con muchos kilos de más, ahora rumia su tristeza, en la puerta del cuartico. En letanía, todavía repite: Yo podía soportarle todo, pero que me engañe… ¡eso sí que no!

6 ¿Qué me cuentas?:

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