19 noviembre, 2011

Sakiko Yokoo


La 31ª Feria Internacional del  Libro Infantil y Juvenil en México nos regaló a Sakiko Yokoo. En un foro donde el sol jugaba a iluminarnos hasta las venas, salió al escenario como una bendición.
Ella juega detrás de la pared, su mano es un pájaro libre, una linterna, un loto. Parece mimo,  es un soplo de sensibilidad.

Saluda como japonesa y sale a caminar. Es una niña, de cuclillas. ¿Vuela a ras del piso?¿La ves?, dice Hijita, inocente.

Las manos de Sakiko Yokoo saben hablar, se mueven lánguidas. Se encrespan. Acarician desde lejos y el lenguaje de su mirada va abrazando a cada niño alrededor.

Cuando la manzana irrumpe de su costado, todos pensamos que iba a mostrar su corazón. Una manzana corazón ofrecida desde sus labios, el cuerpo juega con los niveles y tiende los brazos que  suben como el humo.

Dice algo con los ojos y al mirar, todos entienden: Cuento contigo. Por eso ríen los niños y se acerca a una pequeña, la hace bailar. Delicada y traviesa juega con sus manos, giran. Con un ademán indica direcciones y la siguen en el giro, al levitar.

Los niños ya no están bajo el sol tirano, ahora crecen con ella, en un jardín japonés. Los peces dorados somos todos y la manzana llega a su boca, cuando ya nos conquistó.

La madera de sus zapatos suena, llama a los espíritus como en el teatro kamishibai. 

Ella va pasando, como una lámina ilustrada. Sonríe y se despide. 

En su despedida aletea un pez dorado. Se quiebra un loto. Florece un cerezo.

Todas las fotos son mías, un arte que disfruto por su volatilidad

8 ¿Qué me cuentas?:

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