25 septiembre, 2011

Mis indios ¿son los tuyos?

Cuando salió del Perú, Manolo  tenía dieciocho años y sabía tocar un poco la guitarra. Viajó por Roma, Madrid, París y cuando regresó a Roma en una charla de borrachos logro recordar. Los recuerdos hasta ese día se le habían escapado. Huían como un pájaro negro, cargados de oscuridades.

Mientras leía el cuento Dos indios de Bryce Echenique renuncié, como lo hago casi a diario, a echarme a perder el día. Cuando lo leo sé que después de ese instante algo cambiará dentro de mí. Manolo pregunta: ¿Y el Perú?
Nada-respondí- Acabo de salir de allá y no sé nada. A ver si ahora que estoy lejos empiezo a enterarme de algo.
Cuando uno está dentro es como un tubo sordo. Dentro de lo mismo, dentro de las noticias manipuladas, dentro de lo mínimo, dentro de la nada. Afuera, el silencio roto se transforma en alharaca.
Pero Manolo encuentra en un café, a un peruano como él y se movilizan los recuerdos. El hombre tímido, poco agraciado, taciturno respira, se "golpeaba la frente con el puño como golpeamos un radio a ver si suena" y ahora evoca el recuerdo de una mujer a quien le acariciaba con carcajadas. Habla eufórico. Se aproxima, pone la mano siempre distante, ahora viva sobre el hombro de su interlocutor.
Manolo borracho se sacude el silencio de tantos meses,  rumiando soledad. ¿Lo has padecido?
Recuerda, cuando salía del colegio, en su casa era la hora del té y escondía unos trozos de pan con mantequilla para llevarles a los indios, no eran albañiles, de estos se acuerda bien. Los indios no hablaban, escuchaban con interés su universo menudo, de niño amable. "Tenían la ropa vieja y sucia, unas uñas que parecían de cemento y unas manos que parecian de madera". Eran amigos del guardián de la construcción, pegados a la pared, en la absoluta oscuridad acompañaban las tardes soitarias de un niño llamado Manolo. "Al principio eran mis héroes; luego, mis amigos, pero con el tiempo, empezaron a parecerme dos niños". Y el encuentro se dio durante meses, hasta que la familia del chico se mudó.
Y esa noche bajo los efluvios del vino, muchos años después, recordó aquella imagen de la niñez, los indios esperándole. A la mañana siguiente, Manolo decide regresar al Perú, por fin divorciado de su letargo, apartado de la soledad y el silencio, vuelve al ombligo de lo mejor de sí.
He quedado agridulce, meditando. ¿Cuántas puertas de acceso al recuerdo he clausurado al partir? ¿He dejado mis dos indios atrás? ¿el valor para saldar las deudas de gratitud avasalla? o la misma idea de pagar pendientes seduce...

Los textos en negrita corresponden al cuento Dos indios, del libro Huerto cerrado (1968) Alfredo Bryce Echenique.

2 ¿Qué me cuentas?:

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