22 septiembre, 2011

Malecón







DEspués del parquecillo, se abre a la vista el Malecón, con su muro que defiende de las ondas azules el ancho y elevado piso de cemento romano, por donde se entrecruza una satisfecha concurrencia, que aspira a plenos pulmones el aire iodado del mar, saludable y fresco (...)
Apóyase en el muro el público que curiosea a los que pasan y que a intervalos se entretienen en contemplar el rompimiento de las olas henchidas sobre las rocas puntiagudas, anegadas de irisada espuma efervescente.
Hace algunas tardes podía mirarse el sol cara a cara, mientras iba a hundirse el ocaso. Moría completamente rojo de vergüenza, porque toda la Habana lo había acusado de tirano, por el calor de agosto que se hizo reinar ese día del mes de febrero. Se envolvía el astro en un sudario escarlata.
 Enrique Hernández Miyares.  A la hora del crepúsculo. 1901

2 ¿Qué me cuentas?:

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