28 mayo, 2012

A pedazos



 El anón desapareció del patio, a golpe de sequía y plaga. Según los árboles frutales se perdían, nosotros crecíamos y entonces mis amigos,  hermanos de la cuadra, dejaban de treparse al mango o de robarse la guayaba.
Pero a Elisa le gustaba el anón y por la fruta regalada, me gritaba desde su casa y yo iba por mi vaso del batido. Su tornado inolvidable, sus cuidados y aquel hijo grande y asmático ahogándose en su carcajada: Niña, pero ¡qué genio tienes te vas a enfermar del hígado!
Cuando la hija se casó con aquel camionero mayor que ella, los vecinos la empezaron a juzgar. Era el primero en los trabajos voluntarios,  el más rojo en los domingos;  pero después, en un tajo de la yagruma,  cambió. Tuvo teléfono y divisas que entraban, nadie sabe cómo ni por qué. Vociferaba en contra de todo, se quejaba.  La casita mejoró y los vecinos se callaban la boca, como decimos en Cuba porque era el único teléfono plantado donde se podía ir a hablar. Una peseta bastaba para pagarles la llamada o un peso, depende de la extensión de la charla o la culpa por la molestia.
Cuando ellos se fueron, cuarentona y sesentón,  el anón ya hacía más de treinta años que se había secado y sobre sus raíces estaba enclavada la ventana de mi cuarto azul, desde allí Elisa se veía como hormiga sola, vendiendo café.  El día,  un cafetal interminable, endulzando hasta la tarde el conjunto verde natural. La base de taxis enclavada en el viejo mangar se llenaba de gritos: ¡¡¡Elisa!!!, ¿tienes café?

Mami echaba los ojos sobre mí, como al descuido: Mira, uno tiene hijos para verlos crecer y después te mueres sola. Mira esa mujer solita con su alma.
Elisa dejó de visitar a los vecinos, pasaba rápida y sin saludar. No permitía ni preguntas ni conmiseración. Tostaba, colaba y vendía café. Para ella, era la única trinidad que conocía.
Una mañana se hizo el silencio, el aire olía a gasolina de la Base de taxis allá atrás. Los gritos se ahogaban de cansancio y sin café, parecía más lento el trasiego de una calle cuyos vecinos, en mayoría jubilados adornaban desde el amanecer cada portal.
Elisa se fue. Elisa se fue. ¿Cómo? Silenciosa. Nadie vio movimiento de maletas, ni puerta entornada. Entre el humo del café debió irse en madrugada. No se despidió de nadie. No dio ni una pista. Mi madre todavía se queja en la cocina: Mira eso y pensar que envejecimos juntas. Nadie ni se lo olió. Y uno con lástima por su vida sola, mira nada más…
No me he vuelto a parar en la ventana de mi cuarto azul.  Perdió su diseño de dos alas.  Hace años le nació una reja como una amenaza. 
Seis meses le han contado a  Elisa, sus vecinos de antes.  Vive  en Estados Unidos. . Mi padre dice que ahora todos hacen una colada individual. Que él sigue mordisqueando la uña de su meñique mientras el café demora en hervir y así repasa el día, la nada por hacer. Mi madre me escribe en posdata: Una matica rara ha empezado al lado de tu cuarto, dice tu padre que es otra vez el anón, pero no sé.
Tengo ganas de un árbol para llenarme los ojos de ramas y de hojas, como cuando era niña y estábamos todos.

8 ¿Qué me cuentas?:

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