18 noviembre, 2012

La ladrona de libros


"Gente como ésta existió de verdad", asegura Zusak, a quien han acompañado "desde niño" las "increíbles" historias de sus padres, que vivieron su infancia en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial y que han inspirado en parte los personajes del libro. Agencia EFE
La muerte le habla al lector, le mira a los ojos y sin miramientos le dice: Cuando llegue el momento te encontraré tumbado (pocas veces encuentro a la gente de pie) y tendrás el cuerpo rígido. Esto tal vez te sorprenda: un grito dejará su rastro en el aire. Después, solo oiré mi propia respiración, y el olor, y mis pasos.
En La ladrona de libros, novela del australiano Markus Zusak, la muerte habla de frente y uno llega a encariñarse con quien se dice no es violenta, ni perversa, ni fanfarrona. Y una muerte que no se presume de serlo, nos lleva de la mano por la historia de Liesel Meminger,  porque esta niña vive  la orfandad y el pedazo de vida de pocos alemanes que no seguían como corderos a Hitler. Y la vemos crecer.  Camilo José Cela apuntaba: “sin memoria, la historia sería como un pájaro ciego volando dentro de una habitación”.
El tema parece inalcanzable, es vasto el territorio del dolor, pero Liesel se salva, se levanta a través de las palabras. Roba libros para sobrevivir, va descubriendo el universo de las oraciones: “He odiado las palabras y las he amado y espero haber estado a su altura”.
Desde El diario de Ana Frank no leía algo tan conmovedor, pero a diferencia de un libro testimonial, en La ladrona de libros prevalece el guiño, el humor, la vida y la muerte como un todo entrelazado en lo cotidiano. El autor da pequeños adelantos en cada capítulo, nos incita a querer leer cada travesura  en la vida de Liesel, vida que se cruza con la muerte casi a diario. Muerte que no queda callada y se acepta: “A veces me mata ver cómo muere la gente”.
ES La ladrona de libros un entrenamiento. Hay que hacer fisiculturismo con la sensibilidad, con la memoria. En el pulso de tu brazo coloca este libro. Sopesa imágenes como esta: Incluso las arrugas de los ojos tenían las manos entrelazadas.  Y sé cómplice de la lectura en el sótano, para acallar los miedos durante los bombardeos. Observa al judío mientras escribe e ilustra El árbol de las palabras. Pero sobre todo, si no lo quieres leer regala un trozo de vida a otros, porque este libro es un suspiro alentador, nunca la muerte se vistió tan hermosa de palabras:
Lo cierto es que durante los años que duró la hegemonía de Hitler, nadie logró servir al Führer con mayor lealtad que yo. El corazón de los humanos no es como el mío. El de los humanos es una línea, mientras que el mío es un círculo y poseo la infinita habilidad de estar en el lugar apropiado en el momento oportuno. La consecuencia es que siempre encuentro humanos en su mejor y en su peor momento. Veo su fealdad y su belleza y me pregunto cómo ambas pueden ser lo mismo. Sin embargo, tienen algo que les envidio: al menos los humanos tienen el buen juicio de morir.
 

2 ¿Qué me cuentas?:

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