21 agosto, 2015

Después del invierno






Cuando el alma ha roto su puñal en retirada
Cuando ha cuajado en no sé qué probeta
Sin contenido una insolente piedra. 
 César Vallejo

      
Un hombre arrastra sus manías y una mujer, su maleta de harapos. El es cubano. Ella, mexicana. 
Lo vivo me amenaza, hay que cuidarlo o se muere, asegura él. Ella va enferma de mutismo.
Un chico enfermo se acompaña de sus libros y entrega sus fuerzas a la Parca. Una mujer adulta se enamora y acalla su neurosis. Estos personajes se enrolan en Después del invierno,  novela de Guadalupe Nettel.
¿Adónde llevan los vivos sus existencias muertas? ¿En qué geografía cabes si no cavas en ti?
Todos en un aquelarre de individualidades. Danzan sin el otro, buscando-se en los cenotafios. Los panteones con sus ceremonias “eran tan entretenidos como un reportaje de sociales” y cada quien va cavando. Como pico el ego, para hundirse más y sólo Cecilia sobrevive. Como la Catrina, mexicana ella,  sola hasta los huesos. Triste hasta en París porque las cruces, clavadas a la orilla del vital camino, no son tumbas de hombres célebres,  se erigen como oda a la concomitante destructividad.
Y tú, lector, ¿qué tanto...?

2 ¿Qué me cuentas?:

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