24 junio, 2013

Hay mitos que nadie ha fabulado

(…) el peso de los muertos célebres pudo más que el peso de los anónimos vivos. Nunca fui primera dama.  Wendy Guerra. Bruguera

Nadia Guerra, con el micrófono abierto se cuestiona la estatura real de los héroes, los cimientos de sus pedestales. Nuestra genuflexión que nunca cuestionó vasta pureza.
Carlos Puebla, Pablo Milanés, Donato Poveda, Barbarito Diez, Celeste Mendoza, en su espacio radial, sonidos que nos despertaban, echaban de la cama, empujaban a la escuela. Melodías de una isla que se creyó pintada.
Una hora con nadie, es el nuevo programa, después. Porque Nadia ha sido expulsada de la radio, no le ha dicho al pueblo, “cosas pensadas”. Wendy Guerra escribió Nunca fui primera dama, novela urdimbre y uno allí se reconoce hiedra. La esculqué buscando la preexistencia de su madre, Albis Torres. Leí algo de su poesía en Álbum de poetisas cubanas y me pareció una fabuladora inscrita en otro mundo.

Hay mitos que nadie ha fabulado,
Mitos como universos que habitan
Los seres más humildes.
El mío son las olas y un hombre
Que las vio diligentes hacer y deshacer,
El paisaje lunar de las Galápagos.
Y un hombre que no cruzó el océano
E imaginó, mil veces veinte, un viaje sin riberas.

Pero Nadia nos lleva más allá de las raíces y las hojas, entre diarios, cajas negras y libros forrados. El entrepaño de un librero oculta lo innombrable y los habitantes de una isla son los verdaderos héroes, los mártires de lo cotidiano.  Aprecio como leit motiv: el martirio. Martiriza buscarse y no encontrarse. Martiriza una vida hecha a otra medida, a fuerza en tallas igualadas. Martirizan los recuerdos. Martirizan las ausencias y los fantasmas. Martirizan lo callado y la consigna a gritos. Martirizan el deseo y la ausencia de ganas. Reconoce la autora, el dolor que infringe la lejanía y aprecia el cotidiano látigo de quien se queda urdiendo el tejido. Abonando enredaderas.
Estaba sola, y decidí usar mi tiempo pintándolo todo; con la ausencia de ellos la casa estaría perdida.

Cuba es una isla en las cabezas. Cada uno se inventa un espejismo. Las lenguas gritan, se acallan, se enrollan, martirizadas y fingen cuerdas de ahorcados.  Chiringas. Banderas de náufragos y esta novela (no publicada en la isla) sabe nadar. ¿Por qué no puede leerse adentro? No lo sé. Celia Sánchez Manduley, come con el plato en la mano, hace vitales bendiciones, fuma sentada en la escalera. Levita el Che, ante una joven desnuda. Se describe a Fidel, en entrevista con periodista argentino y la autora contrapuntea, pone en boca de su madre un discurso que parece escrito por alguno de nuestros abuelos. Wendy Guerra sabe andar la Habana, como sabe todo el que vive y sale para regresar. Creando adentro, eres más que la suma de sus partes. Y los personajes principales, mujeres todas llevan la maldición de una isla sentada en la cabeza. Isla verde oscuro. Isla negra. Isla Ibeyes, ella y él. En ese juego de ambivalencias no tienen reposo las voces de quien murió o se fue.

Busco en esta novela jirones de mi generación y encuentro. Veo a las mujeres que nos antecedieron, las madres, las iguales  a los hombres, las descreídas, las guerrilleras, las liberales, las del redil, un camino de contrastes, en el que nos formamos todas. Las historias de sus vidas conforman la verdadera raíz de la historia nacional. Esas vértebras de carne y sangre, aparentemente, sumidas en el silencio de los horcones, le dan alas a cada isla personal. Muestran que el país no está allá donde se entregan las olas. Uno se inventa un país a la medida. Cada quien lo edulcora o lo envenena según la dosis de locura y Wendy Guerra consigue una excelente sombrilla, como la conocimos, para vadear la lluvia de omniausencias.

Mi país es ese instante único que ahora mismo
Sucede en todas partes. Orillas de la tierra,
Lugares a los que no sé ir ni puedo
Y llego sin embargo.

Albis Torres Ob. cit., p. 21.

Álbum de poetisas cubanas, Editorial Letras Cubanas, 1997

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