16 enero, 2013

El pasaporte

En los países civilizados, si no me equivoco, ya no quedan brujas, ni magos, ni hechiceras, ni encantadores. Pero el país de Oz nunca ha sido civilizado, ¿sabes? pues estamos incomunicados con el resto del mundo. Así es que seguimos teniendo brujas y magos entre nosotros.
                                 El mago de Oz

No aplicó para la Ley de Memoria Histórica, un dolor de estómago le dobló la esquina antes de llegar. La cita conseguida desde Puerto Rico, porque entrar a la página de la Embajada era más fácil desde aquí. Ahora quiere un pasaporte, para trabajar unos meses y volver con dinerito. ¿Trabajar dónde? ¡Tienes sesenta años papi! Pero él no entiende, quiere comprarse unos pulloverts de esos que tienen un perro ¿tú sabes? El sueño de toda su vida lo mira, lo ceba, lo esculpe cada noche, desde su colchón aflatado.  Y cuando amanece le da libertad para vigilias, compra el periódico, toma café y se sienta en el portal. Portal frente a la calle pasarela donde Yunismy le dice que cuando ella salió pensó trabajar con las letras, algo de letras, ella se graduó muy bien, oye, fea como un trompón, pero inteligente eso sí. Para una mujer la inteligencia debería adornarla, dice ella sin darse cuenta del halo gris como diadema… Pero le pedían manejo de dos idiomas, ¿ruso para qué? y excelentes habilidades con la computación y ella pues apenas el internet, corta y pega, es difícil vivir en un país sin vecinos y se excusa para ocultar el pavor ante aquellas entrevistas, la evidencia de que no era ni remotamente la mejor. Y Fede, el pintor, le grita,  que no deja el gimnasio, es fibroso y delgado como un jiquí como un protagonista de Juan de los muertos, pero levanta las palanganas y las pesas improvisadas  de Bitín  y le dice: Lo que tú necesitas es un socio como yo, deja que me consiga un pasaporte y vamos a echar a andar el negocio. Mira desde la ventana de la barbacoa, un trozo de la ciudad y parece levitar olvidado de la cola de la guagua y el cartucho de mierda que tiró por la ventana. Se mira las manos  Coño,¡si yo soy el mejol! Y pasa el bonito, Yoandri no sigas engordando, apaga su cigarro y de una patada espanta una lata de cerveza: ¿Qué bolá, tío? ¿Cuándo vas a despegar? El viejo se rasca la barba y escupe al piso. Déjate de gracia, Yoa. Se ve que tú no tienes que hacer ná. Yoandri tiene a su madre en España, le han dicho a los vecinos que trabaja en una oficina allá. Ha venido dos veces y cargá, dice el bonito inútil de 30 años y abre los brazos como pintando maletas en el aire caliente. El día está de sofoco y en España están a dos grados, Chela la mamá del Yoa debe tener las manos congeladas, limpiar pisos es su trabajo en realidad, paga un cuartico y guarda dinero porque siente orgullo cuando va de vacaciones a Cuba y se compra sus cuatro vestiditos, hasta una cadena con baño de oro y ella asume la Embajada de la familia y habla con la z mientras enseña su mejor pose detrás de un buró. No estudió carrera como Yunismy, pero cuando se fue a España tenía buenas nalgas.   El viejo cierra los ojos, quizás en un par de horas, una semana, suyo será el pasaporte y la espuma, la cuchilla de afeitar con vibra, el rib eye, los surullitos, el chorizo español, el jabón de leche de burra, las botas de serpiente, el reloj de oro y las gafas Ray ban, quiere darle la vuelta al mundo y lo atesora en una caja de galletas... son varios apuntes. Lo único que necesita es a Lucía, o sea yo, su única hija, de mí espera todo, el pasaporte, una maleta, un avión.  
 

4 ¿Qué me cuentas?:

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