08 octubre, 2012

La posibilidad de una isla

Odiseo vuelve y espera. Espera y reconquista porque para volver sobre las huellas propias no es suficiente la memoria.  Necesita recobrar-se. Michel Houellebecq en su novela La posibilidad de una isla describe esos retornos,  pero encaminados hacia las miserias del ego.
“Esto se construye fuera de este libro; quiero que se construya así, en silencio”.
No es un libro de voces acalladas, sin embargo me recuerdan una frase que leí hace muy poco: (…) he descubierto que los destinos apestosos, resultan, además, uniformemente apestosos”. La confluencia de varias voces artificiosas, estridentes algunas; en titubeo, otras, conforman una novela sobre varios que intentan ser Odiseos. Daniel,  “una especie de Zaratrusta de las clases medias”,  asienta una carrera como  cómico “amargo” y libertino. Se divorcia y es incapaz de recordar el rostro de su ex, ni perdona al hijo común, un suicida, a quien llama idiota. Daniel goza del sexo y se reconquista en el vacío de cada mujer, pero cuando el deseo lo entrampa y sus casi cincuenta lo avasallan, entonces: “pedí unas salchichas asquerosas bañadas en una salsa grasa, que acompañé con varias cervezas; sentía que mi estomago se hinchaba, que se llenaba de mierda, y se me pasó por la cabeza la idea de acelerar el proceso de destrucción, de convertirme en un viejo repugnante y obeso”. Y no es su único trayecto.
Los críticos escriben sobre esta novela sin cuerda. Con sus perros al pie del escritorio, se miran en ella y tienen miedo. Houellebecq no mueve la col, no se rinde. Sabe escribir hacia quién van dirigidas las verdaderas caricias de Daniel. Pinta soledades. Las reseñas intentan ser únicas como Fox…
 
Incluso Houellebecq los confunde, en los raros oasis de la ciencia ficción, esboza clonaciones y esperanzas; algunos respingan enojados quieren más del ácido, más pesadilla, más de la apestosa realidad.  Nuestra vida se refleja en el silencio de islas míseras, interiores,  predestinadas como Isabelle, la primera amante, en pérdida natural de su encanto exterior: “La vida empieza a los cincuenta años, es cierto, con la salvedad de que termina a los cuarenta”.  Y la inmisericorde Esther de 23 años que va por el mundo sin bragas, porque la vida ha de cogerse con ligereza, entre las piernas. Ella es bellísima y habla poco, lo enrosca hasta pedir piedad. Los críticos han visto mueca donde carcajada.
Bien asegura Daniel: “Como el revolucionario, el humorista asume la brutalidad del mundo y le responde con mayor brutalidad”.
La propia apatía,  el ojo torvo sobre el hombro, la política, la manipuladora publicidad, temas que rectan entre los personajes y la creación de una secta es otra ilusión. Secta no de la luz, aquí la iluminación viene por el deseo, las orgías, la posesión del cuerpo del otro como viniendo por ti, por el camino de la sanación, la inmortalidad te espera en el gozo perpetuado. Daniel mantiene el ego en su isla.
No volveré a leer ninguna novela de este autor.  Dada la imposibilidad de una isla; apenas contamos con un islote como un infierno consentido. Pueden regresar mil Daniel sobre las huellas del primero. Es imposible reconquistar como Odiseo, nadie puede ser él si regresa a la Nada. Nosotros ausentes de empatía o sensibilidad respiramos como Daniel 25, con la ausencia del mar. “La felicidad no era un horizonte posible”.
Me niego a volver sobre Houellebecq. Los escritores como él, describen el acíbar, ríen solos y contagian. Prefiero confiar en la posibilidad de otra isla, la metáfora de la Gran Desecación que afecta Lanzarote no es tal;  deseo colgarme de Vincent como un pendiente, personaje con vida y propósito:
"no puedo asumir la brutalidad del mundo, sencillamente no lo consigo”
 
 

2 ¿Qué me cuentas?:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...