18 abril, 2012

Noventa


El abuelo cumplió 90 años, sin ella. Entonces, no quiso comida familiar, ni jolgorio. Pidió hacer una visita. Durante más de setenta años ha vivido a 35 kilómetros de Ciudad de la Habana, pero su sembradío en el patio y los años antes del retiro,  le abrazaban a unos metros de tierra.
Abuelo me dictó su biografía hace más de doce años. Y supe de su vida natural, de piso herbolario y caminos sin luz. De buen caballo y guitarra cantora. Mi abuelo vio a los alzados y su familia les dio comida y techo alguna vez, mientras ellos pasaban él siguió tirando semillas. Cuando dejó su provincia y se mudó a la Habana, Celia Sánchez les dio una casita que había pertenecido a los choferes de una familia adinerada y él la fue ampliando hasta hoy.
He visto a mi abuelo amarrándose un arado a la cintura y abrir surcos con ochenta años. Lo he visto durmiendo sus siestas de toda la vida y es como un niño pequeño, engurruñado. Su origen español no le interesa y ni movió resortes cuando la Ley de Memoria Histórica: Por allá hay trillitos con los asturianos, pero yo soy cubano, dice y se le pierde el azul de sus ojos.
Hace tres años llegó un policía oriental y construyó un cuarto con techo en el patio de mis abuelos. La delegada me dio un permiso, dijo. Mi abuela le brindaba extensiones para su electricidad y le sonreía la gracia de su tonito. Pero mi abuelo lo anticipó y hoy el oriental ha tirado una cerca a raz de la puerta de mis viejitos, el patio se ha reducido a cinco árboles de plátano y un mango, mientras el advenedizo ha construido tres cuartos, una cocina y abrió una canal de mierda y orines hacia la calle. Pocos le sonríen, pero ahí está.
Abuelo toma café en las mañanas, se abre al día. Siembra frijol, lo carga en hombros y lo extiende en el techo. Allá arriba es mi héroe. Para que quepa el frijol, tira el plátano… vuelve a sembrar. Hay raíces ahogando el paso cuando la semilla abre los brazos y acaricia. El abuelo sabe hablarle a la tierra y le hunde los dedos como quien busca en sus costillas a la mujer.

Cumplió noventa años y no se queja. Conversa con mi abuela en sueños y le da gracias a Dios porque lleva dentro al Espíritu que otros creen afuera, arriba, en no sé dónde.  Me escribe cartas largas, con ortografía perfecta y trazo seguro. Cuando llegan, leo como en un paseo. Porque leer a abuelo es andar por mí, por la zanja de mi infancia.
El abuelo cumplió 90 años, sin ella. Entonces, no quiso comida familiar, ni jolgorio. Pidió visitar el Museo de la Revolución y caminó sin fatiga, ni quejas. El abuelo revisa el esqueleto de su juventud, no se embiste con la reuma. Mientras ausencia y carencias abren estrías, el abuelo es como una ceiba que a voluntad diseña su sombra.

3 ¿Qué me cuentas?:

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