27 enero, 2014


José Emilio Pacheco

Cuando llegué a la Central de Autobús, hablé al teléfono indicado. No entendía por qué al volver a marcar, el mismo ritmo, idéntica pausa, voz incomprensible. Hablaba con la contestadora una y otra vez, pero yo no lo sabía. Viví doce años, en una parte de este país, utilicé las contestadoras, durante. Pero en charlas presenciales, acompañada de círculos amigables casi siempre me sentí en habla con una máquina ajena, sorda. Así me refugiaba en las bibliotecas, porque los diálogos y los monólogos internos ocupaban muchas voces y las vírgulas aparecían en mi cabeza, dignificando mi soledad.
Una mañana, alguien me sugirió la lectura de Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco. Arrobada, decidí conocer las calles de México, leyendo. Repasé episodios concomitantes, percibí algún sabor. El deseo de un joven de 15 años, los prejuicios, el machismo, la corrupción político social, México por vivirse,  seductor.

Leí sin parar y al terminar la novela tenía los zapatos sueltos, los pies desnudos acariciando el piso, cierto desasosiego en el estómago. Luego recomendé su lectura a muchas personas y más tarde, cobré lo que me vino en ganas por un taller en una preparatoria privada.  Conté su cuento La Reina, se escandalizaban las niñas bien cuando la música grupera acompasaba a la gorda y el personaje sufría y despotricaba contra la belleza insulsa, la falsa moral.

“No hay más ley que nuestro deseo”, afirmaba un personaje en Huracán de amor, Adelina se inquietó ante el torso desnudo del hombre que aparecía en el dibujo. Pero nada comparable a cuando encontró en el portafolios de su padre Corrupción en el internado para señoritas y La Seducción de Lisette…”

 José Emilio Pacheco dignifica la memoria.  En las páginas de 16 Cuentos Latinoamericanos, busco el cuento La Reina y una foto allí sembrada me trae la presencia ausencia de mi suegro, el hombre que me enseñó las dimensiones del sosiego. Vuelven aquellos días en Monterrey, días enteros confabulada con la investigación y la soledad.  Ha muerto el escritor.

Cuando terminé Las batallas en el desierto tuve un presagio, pareciera que hace mil años de aquellos veinte años, en realidad:

Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror, quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si viviera tendría sesenta años.”

 Yo seré Mariana también, en cualquier momento, para alguien aquí o allá. Y se irán demoliendo casas detrás de Aquella, como quien vive brincando atisbos de bombardeos. No sé por qué la muerte en México se pone flores en la cabeza y vestidos de holanes. La muerte acíbar, desoladora, debería ir con su murmullo de huesos y una alforja para ahogar recuerdos. ¡Larga vida a la obra de José Emilio Pacheco! Quizás la muerte no sepa leer…

                                                        La lengua de las cosas

 La lengua de las cosas debe ser el polvo donde se comunican sin

Hablarse.

El polvo o la sombra que proyectan.

Demencia de las cosas cuando su voluntad se rebela

Y se esconden frenéticas o se niegan a funcionar obstinadas.

Únicos medios de rebelión a su alcance,

Únicas formas de decirnos que no somos sus amos,

Aunque tengamos el poder

De destruirlas y olvidarlas.
 

 

 

5 ¿Qué me cuentas?:

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