26 agosto, 2013

Muertecita de miedo

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol, las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,     La isla en peso de Virgilio Piñera

 Centro Cultural Bertol Brecht, a teatro lleno,  Muertecita de miedo suena allá en lo remoto. ¿Dónde lo escuché?
La sala  dividida en butacas y sillas, a diez pesos. La pantalla blanca acompaña una cortina del mismo color y la música salsa presagia un espectáculo “popular”. Cuando los hermanos siameses toman la voz de Ernesto González,    el vocabulario astilla mis recuerdos eran otras las obras que allí presencié. Todos ríen, la grosería es gratis: “tengo que quitarme a mi hermano del lado porque mi hermano es gay. Tenemos el mismo c….”
Después se despoja de los siameses y se disfraza como Luis Carbonell. El declamador cubano tiene una honrosa imitación, solo que el poema se encabrita, se contextualiza en esta Habana paridora de bufones, la negra Tomasa ahora es la negra Blancanieves y sale a jinetear.
Cuando Carmen Yolanda  viste al actor, el público se acelera.  Los de mi lado se desordenan cuando ríen...como peleles alzan los brazos, patean la silla en mueca  colectiva. Me uno a la risotá. Descuidada  Carmen Yolanda, desgreñada y muy vulgar, pertenece a la Unión de Baños Públicos de Cuba, no limpia, pero agarra el teléfono de esa oficina y llama a “Miami”. Su hermana le ha enviado regalitos desde “allá”. “Aquí hay manzanas, lo que valen lo mismo que un DVD”, conversa Carmen Yolanda y pide ayuda, pero  no se le da. Pide un tratamiento para hemorroides, una operación, un médico allá. Hace chistes anticuados, pero resultan.
Detrás de la cortina blanca se queda la empleada y asoma el Teniente Gatillo Loco, es apoteósico.  Levanta un dedo, va pegado a su buró, a sus dogmas como Jefe de Custodio del Zoológico de 26. Y allá en la pantalla blanca se dejan ver los eternos venados. La música del Rey León enmascara las carcajadas y los murmullos: Es Raúl. Es él...
Levanta un dedo, Gatillo loco en ese silencio del monólogo dirige un dedo acusador: "Ríete, que la jaula está allá atrás”.
Cuando habla, las medidas tomadas por el gobierno cubano, son imágenes metafóricas: "Ya las jicoteas podrán vender libremente su carapacho. Alquilar libremente, su carapacho. Podrán tatuarse, en su carapacho Rent Room o Alquilo mi casa”.
El personaje dispara y da: “El cocodrilo quiere visitar a un primo caimán en la Florida, ya no tiene que salir ilegalmente. Pasar ilegalmente por ese “fanguero enemigo”. Se adelantó el Aquelarre y la risa  mueve con escobas la vivencia colectiva. Gatillo acentúa el tono, marca el ritmo cuando se refiere a las ilegalidades: “Que si al pavo le arrancaron una pluma del c… lo sabremos…”. Así en retahíla en ese tenor del ojo omnipresente del poder. Un ojo que la gente se inventa quizás clavado en la puerta, en el teléfono o en su maleta.  Ojos y oídos de quien se cree pavo, centro del mundo.
Cuando Gatillo desaparece el espectáculo está en su punto climático y llega un ventrílocuo, digno de cualquier cine de barrio.  Inútil. Más vulgar.
Jacqueline la Pandemia es el último personaje y recuerdo. Acá la hemos visto en un video casi viral. Algunos pensaron que era un travesti, común, en cualquier rincón de la Habana, pero con Jacqueline, el actor Ernesto González se mueve con fluidez, desaloja los músculos de su cintura, recorre la sala, femenino y cuenta de sus amores internacionales: el árabe, el italiano, el indio,  y el esquimal. Es una tragicomedia la Jacqueline. El novio español fue lo peor, porque quería poner en la Habana algo parecido a los toros de Pamplona y soltar un toro en la calle, niña, ¿tú sabes la cantidad de tiempo que nadie ve un bistec?
Y la crítica agita el mejunje en la olla de brujas, el suero de moringa, las monjas emergentes, en la canal.  Para esta hora río con todos, olvido que trabajos como este vi hace años, en lugares de Centro Habana. Espacios alternativos comprendían  límites entre lo artístico y lo popular. Tampoco vi bozales, ni policías. Al final Ernesto González, el Fonomímico sale sin peluca, entaconado, a despedirse. Fugaz, apenas un segundo para levantar el brazo en adiós por hoy. Este hombre llenó el teatro y se plantó. Un monólogo bien ejecutado, lleno de vulgaridades y simplezas. Un eco del Aquelarre.  Frases que nos ilustran en la despedida... Interrogante disparada por Gatillo, en la que nadie reparó:
“¿Con qué aplauden partía ‘e carneros?
La gente sigue riendo, calle arriba, calle abajo.  De vuelta,  leo a quienes agitan la maraca: ¡el cólera se soltó!¡el cólera en la Habana está!. Parlotean desde otras geografías y veo que los bufones se han inventado teatros en el extranjero. Añorando la carcajada hacen muecas desde sus butacas, toman distancia en la fila del circo y más risa me da.

2 ¿Qué me cuentas?:

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