04 junio, 2012

Tres lindas cubanas


Yo iba por un libro de Abilio Estévez,  regresé con Tres lindas cubanas.  Debí conocer a Gonzalo Celorio en el 1993 y se me fue la voz. Muda y con una libreta, le pedí a alguien cancelar la cita y al cabo de tantos años, la pude tener y él no lo sabe. He entrado en el libro y se ha levantado polvo y salitre.  He seguido una hilera de papas .
Tres lindas cubanas es una historia tallada en  tezontle y adoquín de la Habana Vieja, Celorio se dice mitad cubano, tiene que serlo.  Por sus páginas hablan las voces de sus abuelos, de sus tías, su voz es un eco que le da nombre a la sangre y la identidad. Lezama, Carpentier, Nicolás Guillén, César López, Cabrera Infante, Senel Paz, Leonardo Padura,  Barbarito Diez, Juana Bacallao. Muchos con la Habana adentro y la Burke cantando sus ceborucos. Es un libro de piedras:
“El pasado es un inmenso pedregal que a muchos les gustaría recorrer como si de una autopista se tratara, mientras otros, pacientemente, van de piedra en piedra y las levantan, porque necesitan saber qué hay debajo de ellas”. (1)
Escala el recuerdo y las etapas. Esos tajos en Cuba, que son imprevisibles y eternos. El periodo especial nombrado y dibujado con muchas metáforas, el autor lo vive también porque un tío: Juan Balagueró, que era capaz de comerse un buey a fuerza de pan, como El mismo decía en sus buenos tiempos, se había comido las cáscaras de las naranjas por la sencilla razón del hambre. Se las había comido crudas, poco a poco, masticándolas con empeño de roedor, haciendo caso omiso de su sabor amargo y de su consistencia correosa. Y es que el jugo que se había bebido esa mañana dominguera sólo era el espíritu, el recuerdo de las naranjas de otros tiempos y lo que él tenía no era nostalgia; era hambre.
En cada página está una realidad que me llama. Anécdotas personales mezclan la espada, la paloma, el ojo. He aspirado el olor del mar bailando sobre el malecón, cubriendo los rayos de la bicicleta, ahogando la esperanza de llegar, secos, a medias. He tocado los tabacos de mi abuelo y he leído veinte veces El lobo, el bosque y el hombre nuevo.  He caminado por la Calzada de Jesús del Monte porque los Diego deben andar por allí, en algún libro. He tocado la puerta del Hotel Riviera porque hay que  acariciar el piano, hay que sacar esa tonada que nos quite la abulia, que le prenda una vela a la noche tan ensimismada,  pero: “ El guardia dice que sólo tiene un violín y con un gesto instrumental le mienta la madre al suplicante”.(2)
La saga familiar va entretejiendo una enredadera, desde Asturias y crece en la Habana, se extiende a México,  sigue a Estados Unidos donde se nos acaba la tía Rosita, bella y sola. Novela de muertes también, el entierro de las casas, de las costumbres, de Ana María, tía  instrusa en su propio hogar, de los primos que se aman. Y la tercera linda cubana: Virginia, la madre.  Sólo se salvan algunas tradiciones familiares y los recuerdos porque tratar de cortar  la raíz de uno es morirse un poco:


Así me imaginaba el exilio, áspero como una barba de tres días, espeso como un abrigo grande, agujereado como unos zapatos viejos, insondable como una bolsa negra”. (3)

Citas:
(1) El viaje del elefante. José Saramago. Alfaguara
(2) (3)Tres lindas cubanas. Gonzalo Celorio. Maxi TusQuets


31 mayo, 2012

Agüero

No iremos al circo. ¡No!. Ni sé por qué, dijo con algo ronco en la voz…Cuando sintió el zarpazo en su costado, revivió  aquella pesadilla. Despertó ahogada por el jadeo. Le contó al hombre medio dormido y se fue por un café. Lanzó el grito contra las gradas: ¡No! Abrió los ojos cuanto pudo, pero la realidad no te devuelve al sueño. Cuando el segundo tigre le quebró el occipital, musitó el nombre del que había dicho: No iremos al circo...

28 mayo, 2012

A pedazos



 El anón desapareció del patio, a golpe de sequía y plaga. Según los árboles frutales se perdían, nosotros crecíamos y entonces mis amigos,  hermanos de la cuadra, dejaban de treparse al mango o de robarse la guayaba.
Pero a Elisa le gustaba el anón y por la fruta regalada, me gritaba desde su casa y yo iba por mi vaso del batido. Su tornado inolvidable, sus cuidados y aquel hijo grande y asmático ahogándose en su carcajada: Niña, pero ¡qué genio tienes te vas a enfermar del hígado!
Cuando la hija se casó con aquel camionero mayor que ella, los vecinos la empezaron a juzgar. Era el primero en los trabajos voluntarios,  el más rojo en los domingos;  pero después, en un tajo de la yagruma,  cambió. Tuvo teléfono y divisas que entraban, nadie sabe cómo ni por qué. Vociferaba en contra de todo, se quejaba.  La casita mejoró y los vecinos se callaban la boca, como decimos en Cuba porque era el único teléfono plantado donde se podía ir a hablar. Una peseta bastaba para pagarles la llamada o un peso, depende de la extensión de la charla o la culpa por la molestia.
Cuando ellos se fueron, cuarentona y sesentón,  el anón ya hacía más de treinta años que se había secado y sobre sus raíces estaba enclavada la ventana de mi cuarto azul, desde allí Elisa se veía como hormiga sola, vendiendo café.  El día,  un cafetal interminable, endulzando hasta la tarde el conjunto verde natural. La base de taxis enclavada en el viejo mangar se llenaba de gritos: ¡¡¡Elisa!!!, ¿tienes café?

Mami echaba los ojos sobre mí, como al descuido: Mira, uno tiene hijos para verlos crecer y después te mueres sola. Mira esa mujer solita con su alma.
Elisa dejó de visitar a los vecinos, pasaba rápida y sin saludar. No permitía ni preguntas ni conmiseración. Tostaba, colaba y vendía café. Para ella, era la única trinidad que conocía.
Una mañana se hizo el silencio, el aire olía a gasolina de la Base de taxis allá atrás. Los gritos se ahogaban de cansancio y sin café, parecía más lento el trasiego de una calle cuyos vecinos, en mayoría jubilados adornaban desde el amanecer cada portal.
Elisa se fue. Elisa se fue. ¿Cómo? Silenciosa. Nadie vio movimiento de maletas, ni puerta entornada. Entre el humo del café debió irse en madrugada. No se despidió de nadie. No dio ni una pista. Mi madre todavía se queja en la cocina: Mira eso y pensar que envejecimos juntas. Nadie ni se lo olió. Y uno con lástima por su vida sola, mira nada más…
No me he vuelto a parar en la ventana de mi cuarto azul.  Perdió su diseño de dos alas.  Hace años le nació una reja como una amenaza. 
Seis meses le han contado a  Elisa, sus vecinos de antes.  Vive  en Estados Unidos. . Mi padre dice que ahora todos hacen una colada individual. Que él sigue mordisqueando la uña de su meñique mientras el café demora en hervir y así repasa el día, la nada por hacer. Mi madre me escribe en posdata: Una matica rara ha empezado al lado de tu cuarto, dice tu padre que es otra vez el anón, pero no sé.
Tengo ganas de un árbol para llenarme los ojos de ramas y de hojas, como cuando era niña y estábamos todos.

25 mayo, 2012

Días de esos

En el autobús, la niña de ocho años le iba contando de ipad y  generaciones de aparatos. Le describió a su nana, pero no se le antojaba para jugar. Que su mamá vivía en el teléfono y un día llegaba a la escuela en una Hummer y otro en el Mercedes. Se llamaba Diana como la cazadora, dijo atrapada en una ingenua sonrisa. Cuando llegaron a la casa hogar la Miss X reunió a los alumnos, les pidió considerar la visita como una oportunidad. Mientras hablaba los de sexto levantaban las narices, frente a la inmensa jaula de los pájaros.

Cuando la Cuentacuentos levantó la voz y sonaron las claves, los ojos se unieron en una sola visión. El animal más grande del mundo llenó la habitación y se extendió por las ventanas, el pequeño gusanito le abrió los ojos a cada quien y repitió entre risas: Soy el animal más grande que existe, aplasto al rinoceronte y al elefante lo hago… A la salida una chiquita de ocho años, de playera blanca y pantalón desteñido se acercó, le dio un beso. Un chico grande de chaqueta de mezclilla sonrió y levantó los ojos sin vergüenza. Uno de los chicos con uniforme impecable tecleaba en el celular y otro pasó al frente, con cara de “no estás en mi facebook”.

De regreso, en el camión, la Miss X interrogó a los alumnos sobre la visita, qué les pareció la actividad. Distraídos se peleaban por unas gelatinas, que alguien olvidó entregar a los chicos con refugio sempiterno en la casona de las monjitas.

Diana, la alumna que me contó de sus materiales bendiciones levantó la voz:

- ¡Que los pobres también son chidos!- y se ahogó en una carcajada.

Escultura de Charlotte Yazbet.








22 mayo, 2012

Ego


El escritor larvado detrás de su obra, teclea una barricada de silencios. Ella evitaba la tendedera  en la nube. Como  lectora debía lidiar con un monólogo cada vez más doloroso. Se inventaba un sabor para la admiración oculta allá detrás de su avatar .  Y al principio tocaba la pantalla como si le acariciara a él, la barba de tres días. Imaginaba el diálogo al pie de la ventana y el ciprés. Pero ahora,  después de comentarios sin respuestas; jalonea el monitor y le espeta groserías. El escritor se pregunta, a diario,  por qué nadie lo viene a leer.

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