Muchos proyectos relacionados
con la cultura cubana han tratado de revivir glorias pasadas. Bien le haría a
la memoria colectiva hacer una regresión para no perder de vista a quienes nos legaron su poética:
Lo primero que hago es ver
qué palabras sobran para quitarlas. Y esto hay que hacerlo pronto para no
encariñarse con ellas. A veces me ha sucedido que podando palabras de un poema
me he quedado sin poema. Por eso es preferible, no quiero tener poemas tontos.
Nadie está obligado a ser poeta, y sí estamos todos obligados a velar por
nuestro acervo de cultura y nuestro decoro intelectual. (1)
Dulce María Loynaz tenía un
proceso creativo muy laborioso. Por ejemplo, pudo tardar años para dar por
terminado Un verano en Tenerife:
En esto no hay regla fija y
solo le digo que si hubiera tenido que escribir con la medida de las agujas del
reloj, no hubiera escrito nunca. A la palabra que va naciendo no se le puede
poner metrónomo, ni a la vida tampoco. (2)
Sólo ella que murió rodeada de
maleza, ciega y solitaria. Sólo ella conviviendo con la locura, la música y la
vegetación, el mar. Sólo ella y su praxis creativa, desde una isla interior
iluminada. Sibila:
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La
criatura de isla paréceme, no sé por qué, una criatura distinta. Más leve,
más sutil, más sensitiva.
Si es flor, no la sujeta la raíz; si es pájaro, su cuerpo deja un hueco en el viento; si es niño, juega a veces con un petrel, con una nube... La criatura de isla trasciende siempre al mar que la rodea y al que no la rodea. Va al mar, viene del mar y mares pequeñitos se amansan en su pecho, duermen a su calor como palomas. Los ríos de la isla son más ligeros que los otros ríos. Las piedras de la isla parece que van a salir volando... Ella es toda de aire y de agua fina. Un recuerdo de sal, de horizontes perdidos, la traspasa en cada ola, y una espuma de barco naufragado le ciñe la cintura, le estremece la yema de las alas... Tierra Firme llamaban los antiguos a todo lo que no fuera isla. La isla es, pues, lo menos firme, lo menos tierra de la Tierra.
Citas: Confesiones de Dulce María Loynaz. Aldo Martínez Malo. Editorial José Martí.
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