28 octubre, 2011

Oscurece

Por un proyecto y de la mano de ese gran sociólogo mexicano y Narrador Oral Escénico Germán Argueta, conocí a algunas prostitutas del barrio de La Merced. Algunas escribieron para Germán poemas y cuentos breves con los que exorcizaban la vida diaria.
En una de esas entrevistas, frente a un refresco negro, escuché a una de ellas, avenjentada, con pocos dientes y muy obesa, presumir de que a su hija le estaba gustando el trabajo y le iban a celebrar sus quince, ya después sería tiempo de...
Me enloquecía pensar en una madre gozosa por el lanzamiento de su hija a una vida de maltratos y vejaciones. Un destino condenado.
También conozco a alguien cercano que vivió con prostitutas. Contaba del gozo de algunas, de la promiscuidad, del vómito reprimido ante el judicial de turno. De las enfermedades disfrazadas, de los ciclos menstruales interrumpidos, del látigo sobre la nalga y siempre, siempre, el deseo de haber vivido una existencia mejor.
Cuando veo a la hija de Raúl Castro, observando perspectivas en el Barrio Rojo, en conversación televisada con una sonriente joven prostituta,  pienso en que estos años no son verdad. La Hija, con una mancha en los labios, asegura haber conocido a gente en Cuba, que no tiene dinero para pagar un baño y le ofrece sexoservicio al albañil y lo paga. Luego no lo hace más, dice y carcajea.
 ¿Quién ahoga mi raíz?
No vivo ajena a una realidad cambiante, a la pérdida de valores incluso en la familia. A la miseria en paredes y en estómago, lo sé. Pero, ¿debo considerar la prostitución como una salida "normal"?
Recuerdo la lectura de Guantánamo Bay, un libro que leí en plena adolescencia y explosión hormonal, un libro que circuló en Cuba en ediciones masivas. Allí se reseñaba la vida de las prostitutas antes de la Revolución, la mayoría ofrecían sus servicios alrededor de la Base de Guantánamo, narraban anécdotas de todo tipo y las conclusiones ponían al cuerpo en un callejón áspero, en un oscuro vórtice maloliente.  Muchas de esas mujeres son iniciadas a temprana edad, obligadas a considerar la vida como una condena y una predestinación.
Dicen que la historia de Yarini, en los barrios habaneros ya no es un mito popular. Transitan nuevos espectros. Para mí, si un gobierno permite y legaliza la prostitución, si cobra impuestos y abre zonas, ese gobierno semeja una asquerosa matrona y no hay más.
Foto cortesía de su autor: Rivas

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